/  MURALES   /  Cuando el arte se hace lugar: Villablino

Cuando el arte se hace lugar: Villablino

Cuando el arte se hace lugar: Tradición, arquitectura y raíz en el mural de Villablino

Hay intervenciones que van mucho más allá de la pintura. Cuando un muro deja de ser un simple soporte de hormigón y pasa a convertirse en un espejo del pueblo que lo habita, el arte urbano trasciende su función puramente estética. Deja de ser un adorno para convertirse en parte del lugar.

Hace unos años, bajo el marco del inspirador proyecto LacianArt, asumí el reto de diseñar los murales que hoy visten el porche lateral de la Casa de Cultura de Villablino. No quería que fuese una obra individual ni un elemento ajeno que «invadiera» el edificio. Por eso, el proyecto nació con dos pilares innegociables: la colaboración comunitaria de varios artistas locales y un profundo respeto por el entorno arquitectónico e histórico del noroeste de León.

La integración arquitectónica: El porche como lienzo vivo

Para mí, un mural público nunca debe competir con la arquitectura; debe dialogar con ella. El porche de la Casa de Cultura presentaba un juego de columnas, sombras y líneas horizontales muy marcado. En lugar de camuflar la estructura o romperla visualmente con un diseño estridente, decidí utilizar los propios elementos arquitectónicos como marcos naturales.

Las figuras del folclore tradicional se resguardan bajo la techumbre del edificio, aprovechando la luz natural que incide en la fachada para potenciar los contrastes y las siluetas de las ropas tradicionales. El edificio abraza al mural, y el mural da cobijo a nuestra memoria. El hormigón frío se vuelve cálido y hospitalario gracias a la historia que narra.

La raíz colectiva: El folclore y la palabra

El verdadero sentido de este trabajo radica en lo que representa. En las paredes interiores del porche, una hilera de figuras rinde homenaje a la rica tradición folclórica del noroeste de León, con sus bailes, sus trajes regionales y su espíritu festivo de comunidad. Es una escena en movimiento que acompaña al caminante, invitándole a formar parte de esa danza colectiva.

Coronando el conjunto, protegiendo las imágenes desde la gran viga superior, se lee el texto elaborado por el artista Miguel Ángel Pérez Uría, dedicado a nuestra lengua local, el patsuezu:

«El Patsuezu ía la nuesa tsingua. Quien no diga tseite, tsino, tsume y tsana non ía del Vatse de Tsaciana» // “El Pastsuezu es nuestra lengua. Quien no diga leche, lino, lumbre y lana, no es del Valle de Laciana”

La inclusión del patsuezu no es un detalle secundario. Es una declaración de intenciones. La palabra escrita en la piedra fija nuestra identidad colectiva; recuerda a quienes entran a la Casa de Cultura de dónde venimos, cómo hablaban nuestros abuelos y qué tesoros lingüísticos tenemos la obligación de proteger en valles como el de Laciana.

De obra artística a espacio de memoria

Un cuadro en un museo se contempla; un mural en la calle se vive. Gracias a la implicación de los creadores locales (Miguel A. Pérez Uría, Carmen G. Ordás y Anay Marín) que sumaron su talento al diseño original, esta intervención no pertenece a una sola firma: pertenece a Villablino.

La integración con la historia, el idioma y las costumbres locales es el verdadero puente que permite que una pintura se funda con su pueblo. Al vincular el diseño directamente con la memoria de la comarca, los murales dejan de ser únicamente una manifestación artística aislada. Hoy, cuando los vecinos de Laciana caminan bajo este porche, no están viendo un dibujo en una pared; están habitando su propia historia.

Deja un comentario