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Érase una vez… La leyenda negra de la fragua de Villaoril

Hay lugares que custodian secretos. Cuando caminas por la salida del pueblo de Villaoril, en Ibias, por el camino que va hacia Llanelo, te encuentras con una antigua fragua de piedra que parece suspendida en el tiempo. Sus muros han visto pasar generaciones, pero hoy, gracias al proyecto artístico e integrador «Érase una vez… Villaoril», una mirada esquiva y un hilo de humo asoman tras el marco de su ventana roja.

No es una pintura cualquiera; es el guardián de una historia que las malas lenguas se han encargado de transmitir a través de los siglos.

La verdadera historia de la fragua de Verweg

Dicen las crónicas olvidadas que el famoso cuento de Hansel y Gretel se inspiró, en realidad, en un relato mucho más oscuro. En esta versión, la maldad no estaba encarnada en una bruja del bosque, sino en un herrero de alma sombría que habitaba una pequeña fragua en las afueras de una remota aldea del antiguo reino de Verweg.

Este malvado personaje tenía un método infalible para atraer a los niños y niñas de los alrededores: colocaba estratégicamente en el camino herraduras pintadas de brillantes colores. Cuando los pequeños, guiados por la curiosidad, se acercaban a contemplar aquellos destellos, el herrero salía a su encuentro. Con palabras melosas, les hablaba de las maravillas mecánicas y los secretos del fuego que custodiaba en el interior de la forja.

Sin embargo, una vez que cruzaban el umbral, la hospitalidad se transformaba en pesadilla. El herrero echaba la llave a la puerta con mil cerrojos y los condenaba a trabajar como esclavos, de la mañana a la noche, entre el carbón y el yunque. Allí permanecían cautivos, trabajando sin descanso hasta que se morían de pena o de hambre, siendo sustituidos por otros niños poco precavidos que caían en la misma trampa.

El cigarrillo del fin del monstruo

El terror parecía eterno, hasta que el destino cruzó los cables del herrero con la astucia de uno de sus pequeños prisioneros. El niño se percató de que el monstruo solía relajarse después de comer fumando un cigarrillo que él mismo se liaba, utilizando el tabaco que cultivaba en una parcela cercana.

Aquel pequeño tenía un don: era un gran conocedor de las plantas y de sus propiedades ocultas, un saber que había heredado de su abuela durante sus largos paseos por el bosque. Aprovechando un descuido, el niño recolectó hojas y raíces extremadamente venenosas, confeccionó con ellas un cigarro especial y se lo ofreció al herrero, asegurándole que era un tabaco de una calidad excepcional.

El hombre, confiado, encendió el cigarro. Bastaron las primeras caladas para que el veneno hiciera su efecto: el mundo comenzó a darle vueltas, sus piernas dejaron de responderle y la fuerza abandonó sus manos de hierro. Los niños, que ya estaban prevenidos, actuaron con la rapidez del rayo. Tomaron todas las cuerdas y cadenas pesadas que encontraron en la fragua y ataron al monstruo a su silla, dejándole el cigarro encendido entre los labios para perpetuar el letargo.

Una vez a salvo, los pequeños huyeron y cerraron la pesada puerta a cal y canto, asegurándose de que el malvado herrero jamás volviera a ver la luz del sol.

El espíritu de la ventana

Dicen quienes hoy en día se acercan a los confines de aquel viejo reino que, a la salida del pueblo, todavía se asoma a la ventana el espíritu del malvado herrero, atrapado para siempre con su rostro enfadado y fumando el eterno cigarrillo envenenado.

¿Quién sabe? Puede ser una simple leyenda o podría haber sucedido de verdad. Lo único seguro es que si pasáis por Villaoril, os encontraréis de frente con su mirada inmortalizada en la ventana de la vieja fragua. Una intervención que ya no es solo pintura, sino parte del propio misterio del pueblo.

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