V EXPOSICIÓN COLECTIVA LACIANART – VILLABLINO
La distancia que separa la luz y la sombra
María del Roxo, una creadora cuya identidad artística late habitualmente a través de una vibrante y expresiva paleta cromática, nos plantea en esta selección un interrogante íntimo y formal: ¿por qué despojar al lienzo de su color cuando la mirada se posa sobre el hombre? El blanco y negro no opera aquí como una mera elección estética, sino como un ejercicio de sustracción y de introspección. Al prescindir de las distracciones del color, la artista nos obliga a enfrentarnos a la pureza del volumen, a la verdad del claroscuro y a la textura de la madera que sirve de soporte. Estas tablas, cuyos formatos transitan entre la intimidad de los 55x46cm y el peso contenido de los 80x60cm, se convierten en delicados relieves donde la pintura (óleo y acrílico) emula las marcas que el tiempo y la vida dejan sobre la piel.
En el corazón de esta muestra habitan cuatro arquitecturas de la resistencia. Son hombres cuya identidad pública o social se ha construido sobre el concepto de la dureza. James Gandolfini (Tony Soprano) nos observa con esa vulnerabilidad brutal y amenazante del antihéroe moderno; Muhammad Ali congela en la gravedad del monocromo puño toda la potencia física y la lucha política; Bruce Springsteen encarna la épica desgastada de la clase obrera americana; y el minero de Laciana —enmarcado en un rotundo y claustrofóbico formato cuadrado de 50x50cm sintetiza el sacrificio, el carbón y la dignidad de una cuenca que se resiste al olvido. Al pintarlos en blanco y negro, Del Roxo desmantela el mito y la celebridad para devolvernos su esencia: la masculinidad entendida como una trinchera, un territorio labrado a base de contrastes extremos, de luces públicas y de sombras densas.
Sin embargo, el recorrido halla su contrapunto y su misterio en la quinta pieza: un hombre solo, despojado de los atributos del esfuerzo o de la fama, sentado de perfil en bañador mientras contempla el horizonte. Si los otros cuatro hombres están definidos por su oficio, su lucha o su máscara dramática, este último se presenta desnudo frente a la inmensidad. El mar que se adivina deja de ser un paisaje para convertirse en un espejo del pensamiento. Este hombre misterioso actúa como la clave de bóveda de toda la serie: es la masculinidad desarmada, el silencio que sobreviene cuando cesa el combate, la mirada que ya no desafía al espectador, sino que se proyecta hacia lo inalcanzable.
Pintar al hombre en blanco y negro es, para María del Roxo, un acto de honestidad arqueológica. El color, a menudo asociado a la celebración de la vida y al artificio, cede su lugar a una poética de la sobriedad. A través de este quinteto de retratos, la artista no solo rinde homenaje a la fuerza y al enigma del sujeto masculino, sino que transforma la tabla en un monumento a la memoria y al carácter. Estas obras nos demuestran que, a veces, para comprender verdaderamente la complejidad de un rostro y el peso de una vida, es necesario apagar el ruido del mundo y buscar la verdad en la distancia que separa a la luz de la sombra.

