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Mural en Boal «Volven os Americanos»

Ramón y Mariano Alonso habían emprendido el camino de las Américas. En 1915 regresaron por unos días a su pueblo natal, una localidad del occidente de Asturias cuyo nombre permanece en el olvido. Allí, ataviados con sendos trajes de buen paño, chaleco, camisas de cuellos almidonados, posaron para la cámara de Juan Evangelista Canellada.
En la fotografía, “los americanos” están acompañados de su madre, doña Perfecta. Mujer de constitución recia, pañuelo y toquilla, sostiene con manos de hierro a sus dos nietos mayores: el uno, apocado y temeroso, apoyado en el brazo del tío; el otro, que se adivina inquieto, intentando zafarse de la abuela. Hay además otros dos niños más pequeños: uno en el extremo izquierdo de la foto, al que su tío sujeta por el hombro, y una pequeña regordeta sentada en un cojín delante de su madre. Los cuatro niños están descalzos aunque todos parecen ir vestidos para la ocasión. Los mayores con un traje de rayas de pantalón corto. Los pequeños con una especie de mandilón de cuadros.
Los “americanos” son los únicos que están sentados en sendas sillas. Bigotes de la época, corbata, reloj de cadena, chaleco, y la misma –idéntica- expresión seria y contenida, mirando hacia el objetivo con la solemnidad que la ocasión requiere. Solo un par de detalles nos hacen apreciar la diversidad en su carácter: mientras que uno calza botines y lleva un puro en la mano, el otro, más encogido de hombros, va calzado con unas madreñas, al igual que su madre. Quizás fuera el hermano mayor y hubiera pasado más tiempo en la aldea antes de cruzar el charco. En cualquier caso, parece más introvertido y menos envarado que su elegante hermano, en su papel de triunfador.
La mujer joven, madre de los cuatro niños, es la cuñada de ambos. En la foto no pone su nombre. Va vestida completamente de negro, con un vestido de cuello alto y mangas largas. Esboza una triste sonrisa mientras se lleva la mano a la cintura. En la foto no aparece su marido, lo que me lleva a pensar que quizás habría fallecido hace poco. Se me hace raro que para una foto de familia, una ocasión tan solemne, se prescindiera de la presencia del tercer hermano si no fuera por esta razón. En las primeras décadas del pasado siglo, los que se iban y triunfaban volvían una o ninguna vez de visita. Y que los dos hermanos lo hicieran a un tiempo desatendiendo sus obligaciones en América, podría haber sido para despedirse del hermano, asistir a una misa funeral y, quién sabe, si echar un cable con las cargas familiares llevándose con ellos al regreso a alguno de sus díscolos sobrinos.
En la foto original, que pertenece al archivo del Muséu del Pueblu d’Asturies, se atisban en el fondo de la imagen, otras ocho figuras extasiadas ante la cámara: algunos niños tumbados en el prado, incapaces de disimular la curiosidad, y varios adultos de pie, viendo la escena y sin querer ser vistos.

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