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Devoción

Imagino que el objeto de una de mis constantes obsesiones pictóricas lo tengo que buscar en las aldeas de mi infancia. Entre los recuerdos más presentes está el de aquellas mujeres vestidas siempre de luto, con pañuelos que cubrían sus cabellos y, en ocasiones, parte de sus rostros. Mujeres que se movían silenciosas para pasar desapercibidas, que hablaban siempre en susurros, que habitaban un lugar oscuro de su propia memoria, en el que transitaban muertos, sufrimiento, hambre, miseria y soledad. Recuerdo los ojos de algunas de ellas, negros y pícaros los unos, claros y anestesiados los otros, transparentes, sin ego, sin esperanzas, sin desesperación. Eran mujeres fuertes aunque aparentemente frágiles, vencidas y vencedoras de su batalla vital.

El horizonte que contemplaban quedaba ya a sus espaldas y si alguna vez tuvieron sueños, aquellos habían volado muy lejos y no habían vuelto a anidar en sus hogares. Depositaban ahora sus anhelos, toda la fe que tenían, en los santos de su devoción. En santa Bárbara cuando había truenos y en las Vírgenes que nunca las desamparaban, como la Virgen del Carmen, la de la Esperanza, la de la Soledad. Armadas con sus humildes vestidos negros, con sus medallas y escapularios, recitaban plegarias de forma constante y rosarios en los velatorios y cuando la tradición mandaba.

La muerte las acompañaba en vida. La de los suyos, que ya no estaban, y la suya propia, que habría de venir más pronto que tarde. Poco mal y buena muerte, siempre pedía mi abuela, y así se le concedió. El Sagrado Corazón en las puertas de las casas, avisando a los mortales de la divina protección. Las cuatro esquinas de la cama bien resguardadas por el Ángel de la Guarda, dulce compañía, que no desamparaba ni de noche ni de día. La Inmaculada subiendo a los cielos desde el humilde calendario en los azulejos de la cocina. Las estampitas del Niño Jesús, rechoncho y misericordioso, que les recordaban la oración. Misales y reclinatorios, procesiones y fervor. Promesas para ir descalza a un santuario, como cheques sin más garantía que la fe del portador. Y entre las manos, retorcidas como sarmientos, brillaba una vela blanca el día de Santos Difuntos, una vela que servía para iluminar el camino y confortar el corazón.

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