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Crema, pelota y arena

Sus padres aún no lo sabían, pero en cuanto Kiko tocara el agua del mar se transformaría en tiburón. Tendría que moverse rápido para alejarse de la playa, como había visto en las películas, la gente no suele reaccionar bien ante uno, así que ya había estado practicando, con furiosas patadas, en la bañera de casa.

No tenía miedo, pero sí un puñado de nervios en el estómago, sobre todo por el momento del cambio. ¿Dolería mucho? ¿Su futuro perfíl de escualo, palabra fantástica del diccionario, se adaptaría al momento? ¿Reptaría unos segundos antes de nadar hacia las profundidades?

Las artículaciones le decían que sí, su mandíbula, que se desarrollaría de golpe como una sierra en vez de dientes, le provocaba cierto respecto pero mucha emoción. Cosquillas que le hacian desear, cavilar, como sería el nuevo reino que iba a conquistar en breve.

Así que la familia llegó a la playa con la ignorancia replegada en toallas, dos sillas plegables, una sombrilla un poco torcida por la ventolera del año pasado y los filetes de pollo y refrescos en la nevera portátil del tío.

La hermana de Kiko enseguida se puso a hacer castillos, su padre, con perspectiva de ingeniero y de espaldas al mar, eligió el cuadrado más adecuado para acampar debidamente.

Kiko sabía que la sorpresa era fundamental para completar su transformación así que se quitó la camiseta veloz y saltó para salir como un rayo hacia el agua.

-¡Kikoooo! ¡A dónde vas!…¿y la crema?

Lástima que su madre fuera más rápida, le agarró del brazo y tiró de él para empezar a embadurnar su cuerpo entero, con meticuloso masaje, que alcanzó orejas y dedos de los pies.

Este aparente hecho podría ser un mínimo contratiempo pero fue determinante. La combinación de la crema, y la arena, que su hermana le arrojó con su pala de seguido, crearon un rebozado incompatible con el cambio. Kiko estaba desolado, con el agua por encima de las rodillas y la frialdad de las olas, que yendo y viniendo lo rodeaban como si nada, disolviendo su vida submarina.

Los labios le empezaron a temblar, la frente a arrugarse. ¿Entonces ya no iba a ser tiburón? ¿Para tan poco se había estado preparando?

Su padre entonces le llamó y le lanzó una pelota recién hinchada, una de esas azules que regalaban al comprar el bote grande de crema solar. Kiko no se lo pensó mucho, la agarró y la abrazó antes de que una ola se la llevará. Su balanceo le consoló, le hizo reírse de afuera adentro así que salió del agua a la arena, para probar el mismo movimiento de su tripa sobre la pelota con los pies al aire. El juego con el equilibrio era como un truco de magia. No necesitaba andar, estar de pie para moverse de atrás hacia delante. Su sombra, sobre la arena, le recordó a las águilas de los documentales. Kiko rápidamente se dio cuenta de que se había equivocado de transformación. ¡Además, el año que viene tocaría montaña! ¿Qué era el aire sino agua trasparente en el cielo? Así que hasta que llegará el momento tenía que practicar con la pelota de playa embadurnado de crema y arena antes de tocar las nubes.

*** Esta magnífica historia ha sido un regalo de una lectora, amiga y clienta @anabel_shayala

La obra está disponible en este enlace del Catálogo.

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